Boucherouite
Boucherouite no nombra una región ni una tribu, sino una manera de tejer. Surge donde la lana escasea o se reserva para las piezas importantes, y se sigue tejiendo con lo que hay —algodón, ropa gastada, fibra suelta, a veces hilo metálico—. Por eso una Boucherouite puede proceder de tribus distintas: lo que las hermana es que han sido tejidas a partir de material reaprovechado.
Dentro de la tradición amazigh son las piezas más próximas a la abstracción del siglo XX. Ninguna se repite, porque ninguna parte del mismo montón de retales.
Ninguna de estas alfombras se tejió para ser mirada. Se hicieron para el suelo de una casa, para aislar del frío, para dormir encima. La lectura que hoy las aproxima a la pintura del siglo XX es posterior, y ajena a quien las tejió. Ahí está buena parte de su interés: material pobre y composición rica, sin intención de estilo.
La técnica parte de un telar vertical de madera, urdimbre firme y nudo hecho a mano. El pelo queda irregular, con alturas y grosores distintos según la fibra de cada tira. El reverso muestra el trabajo: cuanto más apretado el nudo y más regular la trama, más horas hay detrás. La proporción de fibras cambia el tacto. El algodón y la lana dan una superficie mate; la fibra sintética brilla con la luz directa.
En un interior funciona por contraste. Sobre suelo neutro, entre muebles de línea sobria, ordena la habitación desde el color. Los formatos medianos y pequeños se sitúan a los pies de una cama, bajo una mesa baja, en un recibidor, o superpuestos a una alfombra plana mayor. El pelo, corto o medio, resiste el paso mejor que la lana alta de una Beni Ouarain. Frente a estampados o muebles de color saturado, se anula.
El cuidado es sencillo: aspirado suave, en el sentido del pelo y sin cepillo giratorio. Las manchas, con agua tibia y jabón neutro, sin frotar. Girarla cada cierto tiempo reparte el desgaste.




